Desde el Diario La Rioja se hicieron eco el pasado domingo 3 de noviembre de la situación de los productos homeopáticos ante la nueva regulación. Para ello me pidieron mi opinión que aparece en el siguiente artículo de Teri Saenz: 
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He aprovechado para escribir unas reflexiones más amplias que recojo a continuación:
Recientemente ha aparecido en el Boletín Oficial del Estado un listado de productos homeopáticos cuyas compañías han solicitado seguir comercializando hasta su evaluación y posterior decisión por parte de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Todo ello siguiendo una regulación marcada por el anterior ministerio de Sanidad. Esta regulación trata de sacar del limbo a estos productos homeopáticos y dotarles de un marco del que hasta ahora carecían, formalizando procesos de autorización, registro y condiciones de dispensación, así como hacer pagar las mismas tasas que el resto del sector farmacéutico. Hasta ahora ni el consumidor ni el propio ministerio sabían el número total y clase de este tipo de productos homeopáticos que se dispensaban en las farmacias. Es un paso, pero sin duda son necesarios más acciones para proteger al consumidor como comentaré más adelante.



En este listado aparecen 2008 productos, pero en la comercialización final pueden ser muchos más atendiendo a las diferentes diluciones que se pueden hacer de cada uno de ellos. Porque la homeopatía es esto; dilución de un supuesto principio activo hasta el extremo de no dejar ni una solo molécula del mismo en la píldora que llega al consumidor. Partiendo ya de la errónea base que lo similar cura lo similar, hace más de 200 años, se introdujo la idea que aquello que produce un determinado efecto (la cebolla hace llorar), en cantidades infinitesimales, podía paliar enfermedades que producían estos síntomas. Así la Allium cepa, producto homeopático con base de cebolla y que aparece en el listado del BOE, se prescribe para las alergias.  Esto no tiene ninguna base científica. Tampoco hay evidencia científica que avale que algún producto pueda actuar sin que haya ni una sola molécula de principio activo. Ante estos hechos, que los defensores de la homeopatía empiezan a asumir, se invoca lo que ellos llaman memoria del agua. El agua es fundamental para la actuación de diversos fármacos, como por cierto se ha estudiado muy bien en nuestro grupo de investigación de la Universidad de La Rioja, pero ausente de principio activo no guarda ningún recuerdo de las moléculas que estuvieron en su presencia. 
Resumiendo, no existe evidencia científica que avale que lo similar cura lo similar, como tampoco que haya compuesto activo en las altas diluciones homeopáticas, ni hay evidencia a favor de la existencia de la memoria del agua. La homeopatía no funciona. Así, resulta significativo que de los 2008 productos homeopáticos presentados en el listado del BOE, solo 12 han sido inscritos para pasar controles de utilidad terapéutica. Los demás, cuando termine el proceso, irán con la etiqueta de carecer de indicación terapéutica. Y los 12 anteriores, si realmente son homeopáticos, tampoco pasarán los controles de eficacia terapéutica que pasan, por ejemplo, medicamentos como los antibióticos con los que combatimos las infecciones bacterianas. El proceso de un nuevo fármaco que sale al mercado impulsado por una industria farmacéutica (a las cuales les podremos atribuir muchos pecados, pero no este), puede durar entre 15 y 20 años. Las diferentes etapas incluyen los análisis in silico(mediante ordenador), in vitroin vivo, con pacientes sanos, con pacientes con la enfermedad, y siempre con doble ciego. Es decir, el paciente no sabe si está tomando el fármaco experimental o un placebo y el que lo suministra tampoco sabe si está dando el fármaco o el placebo. Todo este proceso no lo transitan los productos homeopáticos. La homeopatía no tiene más efecto que el que pueda tener un caramelo, un placebo, y como tal, a todos los efectos, debería de ser considerada.
Como consumidores tenemos el derecho de saber y confiar que aquello que compramos tiene la utilidad que el proveedor proclama. Y tenemos el deber de ser exigentes con ese derecho. ¿Nos imaginamos quedarnos impasibles al adquirir una gasolina cuyo rendimiento sea la mitad del que informa la compañía? ¿O no directamente que no haga funcionar el motor de nuestro coche? Sin embargo, en el tema de la salud, y no solo con la homeopatía, también con otras pseudoterapias, parece que nuestro nivel de exigencia es menor, cuando la cuestión es tan sumamente sensible que debería de ser del máximo nivel. Que la homeopatía no tenga efecto no significa que su prescripción y consumo no tenga consecuencias negativas. Primero en el bolsillo, por adquirir un producto que presume de una acción de la que carece. Y segundo, y más grave, por poder llegar a creer que este producto es la solución a nuestra dolencia y no la Medicina asentada en principios científicos. Esta Medicina es la que, entre otros factores, está permitiendo elevar de forma significativa la esperanza de vida, tal y como indicaba este diario el pasado jueves. 
Abandonar el tratamiento médico por homeopatía puede traer consecuencias fatales, hasta la muerte, como lo demuestran casos recientes de pacientes con cáncer que abandonaron la Medicina basada en evidencias científicas y se echaron en brazos de las pseudoterapias. Los avances científicos aplicados a la Medicina no son una barita mágica y requieren esfuerzo, tiempo e inversión y sin éxito garantizado, pero sí son la única vía para comprender y atacar los procesos por los que enfermamos y envejecemos. Para luchar contra la reputación de la homeopatía y otras pseudoterapias hay que acudir a varias estrategias. Hay que aunar una educación que incida en la ciencia y en su método, una adecuada legislación y nuevos modelos en la industria del medicamento con más intervención pública en determinados sectores. Nuestra confianza como consumidores y nuestro progreso como sociedad en campos tan estratégicos como los ligados a la salud dependen de ello.